58 km a rueda de Miguel Indurain

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Miguel! ¡Yo soy tu ídolo! La de siestas que me has jorobado, macho”. La emoción del aficionado, que se ha dado la vuelta en bici para hacerse una foto con Indurain, ni siquiera le permite construir la frase con lógica. En realidad, el ídolo es Indurain y no él. El aficionado es solo uno de los cientos de ciclistas que pueblan las carreteras de Collserola un sábado por la mañana. Es un manojo de nervios que no da crédito a la suerte que ha tenido al cruzarse con el mito. Efectivamente, el ciclista que venía de frente -majestuoso, poderoso, imponente- es Miguel Indurain Larraya, 53 años, ganador de cinco Tours de Francia, retirado desde hace 21 temporadas pero inolvidable. Eterno a ojos del aficionado. De éste y de todos cuantos le reconocen durante los 58 kilómetros que Indurain -imagen del Banco de Santander- comparte con un grupo de privilegiados periodistas.

AQUELLAS SIESTAS…

El patrón se repite en cada petición de foto. Las palabras “ídolo” y “siesta” van siempre en la misma frase. Indurain tiene la costumbre de quitarse las gafas y el casco en cada parada del grupo, en los cruces, para esperar a algún rezagado o al coche de apoyo. Entonces, los ciclistas que suben o bajan se quedan impactados. Si ver a un tío tan grande en bicicleta ya es suficientemente llamativo, descubrir que es Indurain provoca el frenazo para rebuscar el móvil en los bolsillos del maillot. Miguel responde a las peticiones y a los halagos con una humildad que apabulla: “Hace mucho tiempo ya de aquello. Intentamos hacerlo lo mejor que pudimos”, le dice a un globero que le recuerda la contrarreloj de Bergerac, en el Tour del 94. Ante semejante torrente de modestia, el periodista no puede evitar acordarse de los pavos reales que pueblan el Planeta Fútbol. Pero eso es otra historia.

Indurain está guapo encima de la bicicleta. Aunque ha echado cuerpo, conserva el porte y la planta elegante de los viejos tiempos. Mantiene las piernas depiladas, con un tono muscular envidiable. Torneadas y morenas, con pinta de haber hecho muchos kilómetros al sol este verano. La señal de las cinchas del casco, en el cuello, le delatan.

La bici es una Pinarello roja, su mítica marca de siempre, con cambio electrónico. “Me la van a cambiar ahora. Me van a mandar una con frenos de disco. Como se han puesto de moda…”. Bajo el sillín, lleva una bolsita con las herramientas y una cámara de repuesto. Es un cicloturista más. Se acabaron los tiempos de levantar la mano y que apareciera José Miguel Echavarri con el techo del coche lleno de pinarellos.

Siete meses de ciclismo

Porque Indurain, pese a que pareciera hastiado aquel día que se bajó de la máquina en el hotel Capitán, en la Vuelta del 96, ama la bicicleta. “Nunca he dejado de montar. Ahora voy a la Vuelta a Ibiza de Cicloturismo. Me veré allí con Chiapucci y compañía y luego cuelgo la bici hasta que haga bueno. Hasta marzo o así. En invierno no suelo hacer casi nada. Los deportes de interior no me gustan. Y correr, lo probé de chaval, pero se me daba mejor la bici”.

Cuando vuelva a la rutina, lo hará sin presión, como lo viene haciendo desde que dejó de ser profesional. “Presión ninguna. Salgo los días que puedo. Un lunes, un martes, por la mañana, por la tarde… Cuando tengo un rato. Solo o acompañado. En Pamplona nos conocemos todos y ya sabes en qué carretera te vas a ir encontrando con la gente. El problema es que la bici necesita tiempo. Con dos horas casi no haces nada”.

Sus ritmos le permiten seguir aplastando rivales, sean los periodistas de esta mañana, los cicloturistas de alguna marcha o los relevistas de algún triatlon en los que participa en el sector ciclista. “Yo salgo a hacer bulto”, dice. “Lo que pasa es que a veces, dices: Me cago en diez, ese no va a poder conmigo. Y te picas un poquito”.

Visto desde atrás, a rueda, lo que se encuentra el periodista es un ciclista de un tamaño descomunal, más propio de un remero, que mueve la bici a pistonazos, que va a la misma velocidad en llano o en un repecho y que baja sobre raíles, sin moverse ni un milímetro. Parece una portada de L’Equipe. Uno, que ha compartido alguna grupeta con Perico, está acostumbrado a que el segoviano vaya arriba y abajo, gaste bromas y pase la mañana charlando. Indurain, no. Miguel no hace concesiones. Se pone el primero y, quien pueda seguirle, que le siga. Sólo su generosidad hace que no acabe la mañana en solitario, con el grupo perdido y roto, camino del Tibidabo.

Su imponente físico aún le permite completar la temible marcha Quebrantahuesos -200 kilómetros y más de 4.000 metros de desnivel- en menos de seis horas y media. Un día se calentó y aunduvo 90 kilómetros escapado.

Último semáforo con Indurain. Un tipo baja la ventanilla: “¡Hombre, Miguel! ¡Eres mi ídolo! La de siestas que he dejado yo de echarme sólo para verte en el Tour…”

Noticia:marca.com

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